El cuento latinoamericano: Argentina (22)

Infinito, espirales, laberintos…

Espiral
Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si esa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

ENRIQUE ANDERSON IMBERT (Argentina, 1910-2000)

Efectos de la falta de sueño

“Daría mis riquezas a cambio de poder dormir bien todas las noches”, dijo el opulento comerciante Huan, que padecía de insomnio. “Y yo –contestó el mendigo Sung– preferiría ser rico a tener que soportarlo todas las noches”.

RODOLFO MODERN (Argentina, 1922-2016)

Un sueño
En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe, en caracteres que no comprendo, un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

JORGE LUIS BORGES (Argentina, 1899-1986)

Las líneas de la mano
«De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hacia el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola».

JULIO CORTÁZAR (Argentina, 1914-1984)

Diálogo sobre un diálogo
A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron
A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Jorge Luis Borges

JORGE LUIS BORGES (Argentina, 1899-1986)

Secuencias
Dejó de leer el relato en el punto donde un personaje dejaba de leer el relato en el lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo y llegaba al lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo.

JULIO CORTÁZAR (Argentina, 1914-1984)

En otros artículos va a reaparecer el tema del sueño en vinculación con un corpus diferente. En este, he tomado cuentos en los que de una un otra forma se plantea una situación en espiral, que se repite, que se proyecta al infinito.

Destacan en el conjunto, por la presencia de lo absurdo o ridículo, dos textos: «Diálogo sobre un diálogo» (Jorge Luis Borges) y «Efectos de la falta de sueño» (Rodolfo Modern). En el primer caso, la humorada lleva al hecho de que ni siquiera hay un sueño pero el clima que se instaura es el que se viviría en uno. A punto tal, que quien habla acerca de aquella noche concluye diciendo: «Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.» En la historia de Rodolfo Modern, en cambio, el rico dejaría sus bienes con tal de conciliar el sueño, pero el que lo escucha agrega: “Y yo –contestó el mendigo Sung– preferiría ser rico a tener que soportarlo todas las noches” (¿En sus sueños? ¿Cuando intenta dormirse?…)

«Un sueño» (Jorge Luis Borges) y «Secuencias» (Julio Cortázar) presentan lo laberíntico, el infinito en esas imágenes en las que lector o escritor se topan con circunstancias que el narrador ya ha mencionado y que demuestran que todo se va replicando

En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe, en caracteres que no comprendo, un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…

«Un sueño» (Jorge Luis Borges)

Dejó de leer el relato en el punto donde un personaje dejaba de leer el relato en el lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo y llegaba al lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo.

«Secuencias» (Julio Cortázar)

En el caso de «Espiral» (Enrique Anderson Imbert) y «Las líneas de la mano» (Julio Cortázar) las vueltas de las situaciones de los personajes muestran una construcción laberíntica en la que el final cierra un texto que sin embargo no concluye la historia: en el cuento de Anderson Imbert quien se encuentra con otro sin que ninguno sepa quién sueña a quién repentinamente escucha los pasos que le anuncian que él mismo sube otra vez las escalera; en el relato de Cortázar no se habla del sueño pero sí de algo que parece propio de ese mundo: las líneas de la mano recorren un vasto universo alrededor de quien, con su otra mano, cerrará el puño sobre el arma (algo que parece inevitable, inexorable).

En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

«Espiral» (Enrique Anderson Imbert)

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro (…) donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hacia el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola».

Las líneas de la mano» (Julio Cortázar).
Hay que señalar que algo del destino, de lo marcado está presente y no tanto el sueño, pero sí lo laberíntico y espiralado que lleva a que se desarrolle una situación inesperada para el lector

Podría agregar algunas relaciones más pero creo que, una vez leído el artículo, todos son perfectamente capaces de agregarlas: como por ejemplo el hecho de que tanto en «Espiral» como en «Un sueño» y «Secuencias» se muestra explícitamente lo laberíntico e infinito cuando lo que en principio se había duplicado ya ha llegado a multiplicarse.

2 comentarios sobre “El cuento latinoamericano: Argentina (22)

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