Otras formas del absurdo y la participación del lenguaje

El cuento del loco

Caminaba un loco a través del desierto y tuvo sed, pues había recorrido un largo trecho soportando el sol y el polvo del día. Y cuando anocheció, vio junto al camino un pozo y quiso beber. Así, pues, se detuvo con el propósito de sacar agua. Introdujo un balde de madera suspendido por una maroma y se asomó para ver si el cubo había llegado al fondo.

Y ocurrió entonces que la luna se despertó y se paseó por el cielo del desierto de tal manera que vino a reflejarse en el agua. Y dijo el loco: «He aquí a la luna que se ha desprendido del firmamento y ha quedado prisionera entre los muros del pozo». Y lloró porque a él le gustaba verla lucir junto a las estrellas y porque le agradaba tenerla por compañera en sus caminatas a través del desierto.

Y se dijo después de beber: «Yo la sacaré de su prisión y volveré a ponerla en el lugar que le corresponde». Y descolgó el cubo con el fin de sacarla de allí. Y así estuvo un largo rato, haciendo esfuerzos para lograr su propósito. Mas nunca conseguía librar de las aguas a la pobre encarcelada.

Y una de las veces tiró tan fuertemente de la cuerda que esta se rompió y el loco fue a caer de espaldas sobre la arena del desierto. Y sus ojos miraron al cielo y vieron a la luna que brillaba alumbrando el camino.

Y el loco se postró y lloró de alegría y dijo: «La luna ha vuelto a su morada y de nuevo luce en el firmamento gracias a mi esfuerzo, pues tiré tan fuertemente de ella que fue a parar junto a los astros».

Y reanudó su marcha dando gracias a Dios, con el corazón contento y el paso decidido.”

ANÓNIMO EGIPCIO

El fin

El profesor Jones venía trabajando en la teoría del tiempo desde hacía varios años.

-Encontré la ecuación-clave –le dijo un día a su hija-. El Tiempo es un campo. Esta máquina que yo construí puede manipular, hasta invertir, ese campo.

Oprimiendo un botón mientras hablaba, continuó: -Esto hará que el Tiempo camine para atrás para camine Tiempo el que hará Esto: -continuó, hablaba mientras botón un Oprimiendo.

-Campo ese, invertir hasta, manipular puede construí yo que máquina Esta. Campo un es Tiempo El. –Hija su a día un dijo le –Clave-ecuación la Encontré-.

Años varios hacía desde tiempo del teoría la en trabajando venía Jones profesor El.

BROWN, FREDIC. (EEUU 1906-1972)

Primo Apparuti

Primo Apparuti era un mecánico y vivía en Nonantola, en la provicia de Módena. Fue internado por su voluntad en el manicomio de Reggio Emilia. Decía que no podía más estar afuera, que la cosa no podía seguir así. Era un mecánico de bicicletas y cuando golpeaba con el martillo un pedazo de hierro para forjarlo, le faltaban las fuerzas; le parecía que el hierro se quejaba y le recriminaba con su silencio. Entonces se sentía tan dolorido que le venían ganas de llorar y corría a meter el hierro en agua esperando alivianar así el mal que le había hecho. Dejaba pasar media hora y no teniendo el coraje de volver a tomar el hierro se ponía a montar una rueda de bicicleta; pero apenas apretaba la tuerca del eje la habitual voz interior le recriminaba que le hacía mal a la tuerca y al eje. Tenía que dejar de hacerlo. Pero después, encontrando con la mirada otras tuercas, decía que sentía dolor e inquietud; trataba de resistir, pero una fuerte pesadumbre lo obligaba a aflojarlas. Y después de haber aflojado muchas tenía que huir, disculpándose con las otras tuercas, diciendo que no había sido él quien las había apretado, y que si el propietario de la bicicleta las hubiera apretado de nuevo él sufriría una desgracia o resultaría muerto. Y oía a sus hijos que lo llamaban «papá, papá», entre lágrimas. Entonces cerraba el negocio y ponía un cartel: murió el mecánico. Después se arrepentía de haber escrito eso y de dar a sus clientes motivos de tristeza y de pena; iba a quitarlo, sin tener el coraje de mirar las bicicletas. A menudo pensaba en matarse, pero lo asaltaba el temor de ser un incapaz y de arruinar los muebles o de molestar a la gente con su funeral. Experimentaba entonces un gran desasosiego y una opresión muy grande en el corazón.

 A veces, para no estar todo el tiempo afligido por las bicicletas, iba a la ciudad y compraba un boleto de tranvía hasta la parada más lejana. Pero después de medio kilómetro, más o menos, tenía que bajarse, pensando que no era digno de hacerse llevar, y sintiéndose además víctima de los reproches por parte del motor. Volvía a hacer el camino, a pie, pero encontrando otros tranvías llenos de gente sentía otra vez el corazón apesadumbrado viéndolos sometidos a semejante esfuerzo. Entonces se asociaba a su dolor llorando, y los seguía en la subida prometiendo vengarlos, insultando y mofándose de los pasajeros, y exhortando a los motores que tuvieran paciencia, porque después iban a tener alegrías que los pasajeros ni siquiera sospechaban. Cuando había llegado fuera del poblado se complacía contemplando los palos telegráficos y los abrazaba, los besaba, medía la distancia entre uno y otro y contaba los cables que llevaban experimentando mucho desconsuelo. Trataba de imprimir en su mente la forma y las dimensiones de cada uno y prometía volver a verlos. Estos eran los únicos momentos de felicidad de los que en toda su vida tenía memoria.

ERMANNO CAVAZZONI (Italia 1947)

Rara avis

Roberto dejó rápidamente la represa pero resbaló, cayendo redondo al río. Esquivando rocas y rompiendo olas resueltamente, logró reconquistar la ribera. Descansó. Recuperó fuerzas. Rezó (era religioso). Su respiración se regularizó. A ritmo lento, retomó su ruta. Un ratón estaba royendo una remolacha. ”¡Qué relajo!”, pensó Roberto. Era rubio, pequeño, robusto y retacón. Caminaba raro, con rigidez de robot. De repente, lo rodearon cuatro rufianes. “¿Me raptan?”, preguntó. Riendo, los reos le robaron el reloj

. “¡Qué racha”! Estaba rabiando, cuando recordó que recientemente había reunido grandes riquezas. Enfiló rumbo a Rosario, donde recaudó intereses realmente cuantiosos. Rememorando el robo, reclamó venganza. Rentó mercenarios, regateó un rato, consiguió rebaja. Pero, recapacitando, ofreció recompensas especiales. Rogó a Ra que recibieran la reprimenda los rateros. Para recrearse, escuchó radio: estaban repuntando el ranking los Redonditos de Ricota. Pasaron rock and roll de Rolling Stones, Raúl Porchetto, Riff y Axel Roses. Luego, rapsodias de Rachmaninoff. Al radiar el rotativo anunciaron rutinariamente que recién cuatro rateros habían reventado a ráfagas de rifles con repetición. ¡Gol!, rugió él, rematadamente feliz. Recobró su reloj y rajó a recónditos lugares, recorriendo diferentes regiones hasta resolver, como Rómulo y Remo, fundar Roma.

LEO MASLIAH (Uruguay 1954)

Los dos hombres

Un día, el más triste de los hombres de su tiempo conoció al más feliz de sus contemporáneos. Conversaron:

-Soy ciego.

-Yo también.

Sospecha

El ciudadano descansaba en un escaño de esa plaza que se veía muy concurrida en aquel atardecer. Todos los diversos y numerosos rostros le eran desconocidos.

“Si algunas de estas personas, o todas, fueran aparecidos, brujos, demonios, fantasmas o seres extraños de cualquier especie ¿cómo podría yo saberlo?”, pensó atribuladamente.

El miedo lo hizo huir del lugar.

Sin embargo no logró serenarse pues, caminando ya entre la muchedumbre de las calles centrales de la ciudad, comenzó a sospechar de todos.

Mas su inquietud se transformó en espanto al reflexionar: “¿Sabrán ellos lo que yo verdaderamente soy?”.

ROBERTO ARAYA (Chile 1941)

Subraye las palabras adecuadas

Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras trasformadoras extinguidoras de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.

LUIS BRITTO GARCÍA (Venezuela 1940)

Un justo acuerdo

Por diferentes delitos, la condenaron a cadena perpetua más noventa y seis años de estricta prisión.

Como era joven, los primeros cincuenta los pasó viva. Al principio no faltó quien la visitara; en varias ocasiones concedió ser entrevistada, hasta que dejó de ser noticia. Su rutina sólo se vio interrumpida cuando, durante los últimos años y a pesar de que las autoridades la consideraron siempre una mujer sensata, fue confinada al pabellón de psiquiatría. Ahí aprendió cómo entretenerse sin necesidad de leer ni escribir; acaso ni de pensar. Para entonces ya había prescindido del habla, y no tardó en acostumbrarse a la inmovilidad. Al final parecía dominar el arte de no sentir.

Cuando murió la llevaron, en un ataúd sencillo, a una celda iluminada y con bastante ventilación, donde cumplió buena parte de su condena: a lo largo de este período, el celador en turno rara vez olvidó de llevarle flores, aunque marchitas, obedeciendo la orden, transmitida de sexenio en sexenio, de mantenerla aislada, si bien no por completo.

Hace poco, debido a razones de espacio, las autoridades decidieron enterrarla; pero, con el fin de no transgredir la ley y de no conceder a esa reo ningún privilegio, acodaron que el tiempo que le faltaba purgar fuera distribuido entre dos o tres presas desconocidas que todavía tenían muchos años por vivir…

BÁRBARA JACOBS (México 1947)

Los brazos de Kalym

Kalym se arrancó los brazos y los lanzó a un abismo. Al llegar a su casa, su mujer le preguntó sorprendida: “¿Qué has hecho con tus brazos?”.

– Me cansé de ellos y me los arranqué- respondió Kalim.

– Tendrás que ir a buscarlos; vas a necesitarlos para el almuerzo. ¿Dónde están?

– En un abismo, muy lejos de aquí.

– ¿Y cómo has hecho para arrancártelos?

-Me despegué el derecho con el izquierdo y el izquierdo con el derecho.

-No puede ser -respondió su mujer-, pues necesitabas el izquierdo para arrancarte el derecho, pero ya te lo habías arrancado.

– Ya lo sé, mujer; mis brazos son algo muy extraño.

-Olvidemos eso por ahora y vayamos a dormir -dijo Kalym abrazando a su mujer.

GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN (Venezuela 1950)

Orden

Es de noche. El hombre toma un taxi. Viaja. El taxista asalta al hombre. Le quita dinero y documentos. El hombre queda abandonado en una esquina. Vienen asaltantes, cuchillo en mano. Lo despojan de sus vestimentas. Huyen. El hombre, desnudo, va en procura de auxilio. Detiene un coche policial. Lo golpean. Es arrestado por no portar identificación. Sospechan delincuencia sexual. Lo encierran en la celda de los sodomitas. Es violado. Grita. Los guardias no vienen. Al día siguiente lo trasladan a enfermería. El médico ordena cambiarlo de celda. Lo dan de alta. Es trasladado a la sección de presos políticos. Después de algunos días lo interrogan. Nada le creen, pues no posee documentos. Nadie sabe o recuerda a quienes lo detuvieron. Lo torturan. Exigen entregue el nombre de sus contactos. El hombre cuenta su historia. Todos ríen. Es incomunicado. Permanece en la celda solitaria por varios meses. Cuando se acuerdan de él, está flaquísimo y loco. Lo envían al Manicomio. Grita que lo dejen en paz. Muere.

DIEGO MUÑOZ VALENZUELA (Chile 1956)

Justicia en Santa Reparata

Fue muy duro para Giovanni pensar cuando apretaba el cuello de la muchacha, que aquel crimen que ahora estaba cometiendo le correspondería investigar a él, Giovanni Spechio, único juez de la pequeña población de Santa Reparata.

JULIA OTXOA (España 1953)

Dudosa creación

Dios creó el mundo por medio de la palabra. Un día por descuido se atraganta y tose: en ese momento apareció el hombre.

JAIME VALDIVIESO (Chile 1929-2019)

Pisa y Venecia

Los alcaldes de Pisa y Venecia se pusieron de acuerdo para contrariar de súbito a los visitantes de sus ciudades, que durante siglos se han sentido por igual encantados, tanto de Pisa como de Venecia, haciendo trasladar y erigir, en secreto y de la noche a la mañana, la Torre de Pisa en Venecia y el Campanile de Venecia en Pisa. Sin embargo, no pudieron mantener secreto su propósito y, la noche misma en que querían transportar la Torre de Pisa a Venecia y el Campanile de Venecia a Pisa, fueron internados en un manicomio; como es natural, el alcalde de Pisa en el manicomio de Pisa y el alcalde de Venecia en el manicomio de Venecia. Las autoridades italianas supieron llevar el asunto con toda discreción.

THOMAS BERNHARD (Austria 1931-1989)

La mujer boba

Una mujer casada cuyo amante quiso abandonarla y escapar, consiguió un revólver y lo mató.

-¿Por qué lo hizo, señora?-preguntó un policía que justo pasaba por allí. -Porque era un perverso -respondió la mujer casada-y se había comprado un boleto para Chicago.

 -Hermana -dijo solemnemente un cura que también estaba ahí-, matarlos no es la forma indicada para impedir que los perversos se vayan a Chicago.

El cadí honrado

Un ladrón que había robado mil dinares de oro a un mercader fue llevado ante el Cadí, quien le preguntó si tenía algo que aducir para evitar ser decapitado.

-Su Excelencia -dijo el ladrón-, no pude hacer otra cosa que apropiarme del dinero, porque Alá me hizo así.

-Tu defensa es ingeniosa y justa -respondió el Cadí- y debería absolverte de delito. Pero lamentablemente, Alá me hizo de tal forma que debo cortarte la cabeza. Salvo -agregó pensativo- que me des la mitad del oro, porque también me hizo débil ante las tentaciones.

Enseguida el ladrón puso en las manos del Cadí quinientos dinares de oro.

-Bueno- sentenció el Cadí- Te cortaré solo la mitad de la cabeza. Y para demostrarte mi confianza en tu discreción, te dejaré intacta la mitad con que hablas.

AMBROSE BIERCE (EEUU 1842-1914)

Amenazaba tormenta

Una hora de más o de menos no tiene importancia, salvo que estés muriéndote o naciendo. “Muriéndome”, es decir, morirse uno a sí mismo, no a otro: por lo tanto no es igual un minuto antes que después. Pero esta reflexión no la hice cuando se interpuso por primera vez en mi vida una nube entre las tres y las cuatro de la tarde, impidiéndome ver a mi alrededor durante esa hora.

Tampoco me di cuenta de que solo me cubría a mí, como una venda sobre mis párpados. Por lo demás, no estaba mal, aparecía justo a la hora de la siesta, protegiéndome con su sombra de algún rayo de sol inoportuno. Era grato despertar en medio de una luz amortiguada, sin los deslumbramientos tan comunes del mes de abril. Porque era abril y aún no llegaban las lluvias, así que la nube era más bien blanca. La única en protestar fue mi esposa, quien no dejó de creer que era cosa mía para fastidiarla.

Le parecía de lo más extravagante traer una nube en los ojos, en lugar de unos lentes oscuros. Tal vez hubiera preferido un antifaz y no mi algodonosa compañía. Sin embargo, ahí estaba y lo mejor era dormir la siesta bajo su cobijo.

Fue hasta algunos días después que me percaté de su movimiento. Estábamos en una comida de bodas, de ésas en que sirven a las cuatro de la tarde, cuado mi mujer, malhumorada, me reclamó:

-¿No pudiste dejarla en la casa?

-¿A quién?,- le pregunté.

-A tu maldita nube.

La cual a esas fechas había descendido a la altura de mi cuello, semejando una escafandra. Por cierto que, a las cinco, la nube persistía en este sitio. Me hubiera gustado verificar si en mi casa no estaba en ese momento nube alguna, mas la sola idea me pareció desleal. Indudablemente la nube era mi seguidora, no tenía derecho a desconfiar de ella. Excepto que mi tiempo de observar se iba acortando, no podía objetarle nada; era juguetona, aunque discreta, no pasaba de envolverme la cara, con la cual me defendía de los ruidos.

¿Se ha puesto alguna vez algodones en los oídos para no escuchar a su cónyuge?

También me permitía reirme sin que me vieran y eludir las respuestas a la misma pregunta: ¿De dónde diablos sacaste esa cosa?

Cuando la nube se extendió hasta la hora del crepúsculo, adquirió un tono rosado que me sentaba mejor y, mientras el mundo de afuera se esforzaba en agredirme por medio de los insultos de mi mujer, a quien cada vez oía menos gracias a la nube; mi mundo de adentro crecía y se ensanchaba: el vapor ya me envolvía de la cabeza a los pies, desde las tres de la tarde hasta el anochecer.

Un lunes amanecí nublado. Mi nube había decidido quedarse conmigo la noche anterior, porque amenazaba tormenta. Mi mujer estaba furiosa. Como a las diez de la mañana comencé a llover. -Augusto, deja de hacer payasadas,- gritó mi mujer a eso de las doce, pero yo seguí lloviendo hasta que mi última gota empapó la alfombra, ante los gritos ya inaudibles de la que fuera mi esposa.

MARTHA CERDA (México 1945)

En la ciudad vacía

En la ciudad vacía, suenan los teléfonos. Contestan las máquinas.

—Para dejar un mensaje, por favor, marque el “uno”. (Pausa). Gracias por su interés.

—Por favor, escuche todo este mensaje porque las opciones han cambiado.

Los ordenadores están llamando a las grandes empresas de Internet para demandar cortinas nuevas para sus talleres; están encargando videos y éxitos clásicos; están reenviando los e-mails más graciosos. Prosperan los negocios en la ciudad vacía.

Las casas resuenan con la risa de las comedias de la televisión. Todas son reposiciones, todas son los programas preferidos.

Las carreteras de la ciudad están llenas de coches, camiones, todoterrenos. No se mueven, como siempre.

Hoy el aire es un poquito más fresco que ayer. Por un momento, el sol casi rompe las nubes.

En un callejón de la ciudad vacía, una paloma de luto arranca un poco de piel humana para llevar a su nido.

LEWIS SHINER (EEUU 1950)

El absurdo puede invadir nuestras vidas por diferentes situaciones, incluyendo la relación con el tiempo, el lugar y el lenguaje. Hay varios relatos en este artículo y quizás se podría seccionar en dos o más, pero vamos a intentar plantear todo lo más prolijamente posible. Por esta razón los iré agrupando por subtemas, aun cuando algunos puedan pertenecer también a otro grupo.

LENGUAJE: La forma en la que la palabra pone de relieve lo absurdo, el hecho de que los enunciados nos propongan situaciones absurdas desde la forma en que se expresan, el juego de sonidos que no deja de transmitir una historia con algún sentido… Este es el primer aspecto que consideré en relación con: «Subraye las palabras adecuadas» (Luis Britto García), «El fin» (Frédric Brown), «Rara avis» (Leo Masliah) y «Dudosa creación» (Jaime Valdivieso).

  • En «Rara avis» nos encontramos con una ALITERACIÓN (en este caso por el uso de la R) que, aunque plantea cuestiones absurdas que se le presentan al personaje, no impide una lógica narrativa dentro del texto

Un ratón estaba royendo una remolacha. ”¡Qué relajo!”, pensó Roberto. (…)De repente, lo rodearon cuatro rufianes. “¿Me raptan?”, preguntó. Riendo, los reos le robaron el reloj. (…) Recobró su reloj y rajó a recónditos lugares, recorriendo diferentes regiones hasta resolver, como Rómulo y Remo, fundar Roma.

  • «Subraye las palabras adecuadas» resulta absurdo como forma de un relato (no lo sería en un ejercicio gramatical o discursivo) aun cuando de este modo uno pueda recorrer diferentes versiones de lo que se lee; claro que hay que sortear el escollo de que las elecciones realizadas no queden contrapuestas con lo que aparece a medida que avanza la historia. De cualquier modo, el final es único

(…) y así se volvió tierra.

  • «El fin», en cambio, sigue otra lógica dentro de lo absurdo: el lenguaje no está sino reflejando lo que le ha ocurrido al personaje de acuerdo con su invento de una máquina del tiempo. El enunciado refuerza lo que ocurre en lo narrado

Años varios hacía desde tiempo del teoría la en trabajando venía Jones profesor El.

  • Nada más absurdo quizás que el hecho de que los seres humanos hayamos sido creados por accidente, no por la Palabra original sino por algo imprevisto para Dios, según nos cuenta «Dudosa creación»

Un día por descuido se atraganta y tose: en ese momento apareció el hombre.

JUSTICIA: Quizás nada sea peor que el hecho de que la injusticia se adueñe de la vida de los seres de este mundo o tal vez sí lo sea el hecho de que esto suceda porque el absurdo se apropia de las leyes del universo. Así creo entreverlo en «El cadí honrado» (Ambrose Bierce), «Un justo acuerdo» (Bárbara Jacobs), «Orden» (Diego Muñoz Valenzuela) y «Justicia en Santa Reparata» (Julia Otxoa).

  • La víctima que termina siendo sospechosa, criminal, delincuente y por fin loco es un claro ejemplo que nos propone «Orden», adicionando situaciones como la tortura y la burla para quien se empeña en que entiendan lo que reclama y hasta suplica

(…) El taxista asalta al hombre. Le quita dinero y documentos. (…) Es arrestado por no portar identificación. (…) El médico ordena cambiarlo de celda. Lo dan de alta. Es trasladado a la sección de presos políticos. Después de algunos días lo interrogan. Nada le creen, pues no posee documentos. (…) Cuando se acuerdan de él, está flaquísimo y loco. Lo envían al Manicomio. Grita que lo dejen en paz. Muere.

  • La paradoja de ser juez y parte criminal no es sólo una situación absurda en «Justicia en Santa Reparata» sino una clara crítica hacia el sistema

(…) aquel crimen que ahora estaba cometiendo le correspondería investigar a él, Giovanni Spechio, único juez de la pequeña población de Santa Reparata.

  • La justicia a medias y la que se lleva a extremos que no consideran la muerte del reo y terminan afectando a otros son ejemplos también de sucesos absurdos

a. «El cadí honrado» exhibe la justicia a medias y hace alusión además a la corrupción y los escrúpulos (o falta de ellos, más bien)

-Tu defensa es ingeniosa y justa -respondió el Cadí- y debería absolverte de delito. Pero lamentablemente, Alá me hizo de tal forma que debo cortarte la cabeza. Salvo -agregó pensativo- que me des la mitad del oro, porque también me hizo débil ante las tentaciones.

Enseguida el ladrón puso en las manos del Cadí quinientos dinares de oro.

-Bueno- sentenció el Cadí- Te cortaré solo la mitad de la cabeza. Y para demostrarte mi confianza en tu discreción, te dejaré intacta la mitad con que hablas.

b. «Un justo acuerdo» plantea el caso de quien es condenado a cadena perpetua y luego de su muerte, de acuerdo con ciertas órdenes que habían sido especificadas, se le sigue infligiendo castigo o en su defecto se le traslada a otro

Por diferentes delitos, la condenaron a cadena perpetua más noventa y seis años de estricta prisión.

Como era joven, los primeros cincuenta los pasó viva. (…)

Cuando murió la llevaron, en un ataúd sencillo, a una celda iluminada y con bastante ventilación, donde cumplió buena parte de su condena (…)

Hace poco, debido a razones de espacio, las autoridades decidieron enterrarla; pero, con el fin de no transgredir la ley y de no conceder a esa reo ningún privilegio, acodaron que el tiempo que le faltaba purgar fuera distribuido entre dos o tres presas desconocidas que todavía tenían muchos años por vivir…

LUGAR Y TIEMPO: Las alteraciones que por presencia del absurdo se pueden observar en lugar/espacio y tiempo ya han aparecido en «El fin» (Frédric Brown), del cual hablamos en relación con el lenguaje. Agrego ahora otras particularidades que se plantean en «Pisa y Venecia» (Thomas Bernhard) y «En la ciudad vacía» (Lewis Shiner).

  • «Pisa y Venecia»: aparecen aquí dos alcaldes a los que se les ocurre intercambiar los lugares de estas ciudades en pos de lograr algo en sus habitantes, pero al ser descubiertos se los destina al manicomio. Por cierto el final sigue una lógica, pero ¿cómo es que se podría realizar lo anterior de acuerdo con los parámetros de la realidad? (Esto no se cuestiona en el relato

Los alcaldes de Pisa y Venecia se pusieron de acuerdo para contrariar de súbito a los visitantes de sus ciudades, que durante siglos se han sentido por igual encantados, tanto de Pisa como de Venecia, haciendo trasladar y erigir, en secreto y de la noche a la mañana, la Torre de Pisa en Venecia y el Campanile de Venecia en Pisa

  • El ambiente del otro cuento aparece como el típico de la ciencia ficción. Sin embargo, más allá de la referencia a ordenadores y máquinas, el narrador no parece ubicarnos en un universo de esta clase; es esta la razón por la cual «En la ciudad vacía» muestra una situación que no está ligada a ninguna lógica más que la de que todo sigue sucediendo como si en ese lugar todo fuese normal, cotidiano, rutinario. El final sólo esboza lo suficiente como para resultar inquietante:

En un callejón de la ciudad vacía, una paloma de luto arranca un poco de piel humana para llevar a su nido.

CUERPO (sensaciones, reacciones)-NATURALEZA-OBJETOS: Es difícil rotular este punto (quizá luego edite el primer término) pero no sucede lo mismo cuando se leen y observan los ejemplos en los que la relación del SER HUMANO con objetos y fenómenos de la naturaleza se vuelve extraña o peculiar: «Primo Aparutti» (Ermanno Cavazzoni), «Amenazaba tormenta» (Martha Cerda) y «Los brazos de Kalym» (Gabriel Jiménez Emán):

  • Se puede abrazar con los pensamientos, con una mirada… Pero no es lo que propone «Los brazos de Kalym»: el final puede ser un giro que proponga imaginar otros modos de asumir la situación pero durante el relato se exhibe lo que significa quedar mutilado y lo absurdo de que uno mismo pueda hacerlo

– Ya lo sé, mujer; mis brazos son algo muy extraño.

-Olvidemos eso por ahora y vayamos a dormir -dijo Kalym abrazando a su mujer.

  • Una nube rondando al protagonista de una historia (en especial en los dibujos animados) es, aunque extraña, bastante habitual: la particularidad de la que aparece en «Amenazaba tormenta» es que termina siendo parte del hombre que la descubre sobre sí mismo y que en el final la tormenta nace, pese a todas las recriminaciones anteriores acerca de su conducta por parte de la esposa, del interior del hombre, como si la nube ya no sólo hubiera ingresado en su ser sino que formara parte de él y provocara que «el hombre llueva»

-¿No pudiste dejarla en la casa?

-¿A quién?,- le pregunté.

-A tu maldita nube. (…)

Mi mujer estaba furiosa. Como a las diez de la mañana comencé a llover. -Augusto, deja de hacer payasadas,- gritó mi mujer a eso de las doce, pero yo seguí lloviendo hasta que mi última gota empapó la alfombra, ante los gritos ya inaudibles de la que fuera mi esposa.

  • En «Primo Aparutti» asistimos a la extraña simbiosis entre un mecánico y los objetos que antes manipulaba (tuercas, hierros…) así como los que formaban parte de su vida diaria (vehículos, transportes…) por la cual él parece asumir todos los dolores que cree que aquellos sienten y también las culpas por lo que hace o deja de hacer desde que ha comenzado a tener estas sensaciones. Si bien las experiencias se vinculan también con las personas que lo rodean (se siente culpable de que sientan tristeza, por ejemplo), lo que más se asocia con lo absurdo es su vínculo con los objetos

(…) los seguía en la subida prometiendo vengarlos, insultando y mofándose de los pasajeros, y exhortando a los motores que tuvieran paciencia, porque después iban a tener alegrías que los pasajeros ni siquiera sospechaban. Cuando había llegado fuera del poblado se complacía contemplando los palos telegráficos y los abrazaba, los besaba, medía la distancia entre uno y otro y contaba los cables que llevaban experimentando mucho desconsuelo.

RELACIÓN ENTRE LO REAL Y LO OTRO: Hay un grupo de cuentos en los que quizás se exhiba lo más puro de lo ABSURDO, aquello que se vincula con la INCERTIDUMBRE o DUDA entre lo que es y lo que se cree (y de qué modo se reacciona en consecuencia) o con la LOCURA presente en algunos personajes ante la situación que pretenden interpretar al margen de toda lógica: «El cuento del loco» (anónimo egipcio), «Los dos hombres» y «Sospecha» (ambos de Roberto Araya).

  • «El cuento del loco» resuelve lo absurdo precisamente porque la situación presenta al protagonista como loco y ello explica para cualquiera cómo es que puede creer que es capaz de manejar la luna y lograr que vuelva al lugar del que la ha sacado

(…) Y ocurrió entonces que la luna se despertó y se paseó por el cielo del desierto de tal manera que vino a reflejarse en el agua. Y dijo el loco: «He aquí a la luna que se ha desprendido del firmamento y ha quedado prisionera entre los muros del pozo». (…) Y el loco se postró y lloró de alegría y dijo: «La luna ha vuelto a su morada y de nuevo luce en el firmamento gracias a mi esfuerzo, pues tiré tan fuertemente de ella que fue a parar junto a los astros».

  • «Los dos hombres» se une a varias otras historias en las que el comportamiento de los personajes sale de las reglas de la realidad precisamente por las características que tienen y lo que podrían o no hacer

Un día, el más triste de los hombres de su tiempo conoció al más feliz de sus contemporáneos. Conversaron:

-Soy ciego.

-Yo también.

  • «Sospecha» deja al personaje en la INCERTIDUMBRE acerca de su ser y su destino. Si al comienzo lo absurdo está vinculado con la posibilidad de que los que lo rodean sean apariciones, a medida que avanza el cuento se refuerza con la DUDA acerca de lo que crean los otros con respecto a él y qué pueda sucederle en consecuencia

Mas su inquietud se transformó en espanto al reflexionar: “¿Sabrán ellos lo que yo verdaderamente soy?”.

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